¡Y los fusilaron nomás..!
Sebastián Panzl en el libro “Fusilados y verdugos. Historia de la pena de muerte en Uruguay”, nos relata el hecho de cuando, en 1902, se aplicó por última vez la pena de muerte en Uruguay. En aquel momento, se ejecutó a dos hombres en un campo en Aiguá, departamento de Maldonado, debido a que habían asesinado a cinco personas en un robo que no se concretó. Las víctimas del crimen fueron Adolfo Silveira (68 años), su primo Pedro (40), su esposa Luisa de los Santos (76), el peón Olegario Fernández (19) y un niño que vivía en el campo, Juan Francisco Alonso (8).
“La
violencia de aquel asalto había sido tremenda y el caso horrorizaba a una
sociedad ansiosa por poner fin a la delincuencia que tenía a mal traer al país
en los primeros años del siglo XX”, escribió el periodista. Y la
Justicia determinó que los delincuentes fueran fusilados en el lugar del
homicidio. Esa fue, guste o no, la forma de concebir e implementar, en aquella
época, los “derechos humanos”, que hoy siguen interpelando a la humanidad entera.
Y de esta forma, aquellos dos inhumanos no volvieron nunca más a cometer otro crimen ni a
joder a nadie.
Hasta
que, el 10 de diciembre de 1948, representantes de todas las regiones del
mundo con diferentes antecedentes jurídicos y culturales, proclamaron en la
Asamblea General de las Naciones Unidas en París, la “Declaración
Universal de los Derechos Humanos”, un documento que marca un hito,
estableciendo y aclarando, por primera vez, los derechos fundamentales que
deben protegerse en el mundo entero.
Y
en su Artículo 1; se aclara que: “Todos los seres humanos nacen
libres e iguales en dignidad y derechos, y dotados como están de razón y
conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” ¡Excelente
expresión de buenos deseos! ¿Y quién es el encargado de que dichas buenas
intenciones se cumplan, y alcancen este ejemplar objetivo? Pues los propios
seres humanos, quienes, frecuentemente, borran con el codo, lo que escriben con
la mano.
Y
entonces tenemos que, para que existan y se respeten verdaderamente los derechos
humanos, deben existir “humanos derechos “, en su proceder y accionar, sin
perjudicar, herir, abusar, o matar, al resto de la humanidad. ¿Lo hemos
logrado? Los hechos actuales, en este único mundo que tenemos, nos indican que lamentablemente,
pese a los buenos deseos expresados en la DUDH, nos siguen preocupando las
mismas situaciones de aquel hecho bárbaro, acaecido en nuestro Uruguay, en 1902,
y que seguimos confrontando “La tremenda violencia de aquellos asaltos, más
innumerables robos, estafas, homicidios, y otras tropelías de la delincuencia, los
cuales siguen horrorizando a una sociedad ansiosa por poner fin a la
delincuencia”.
Tenemos
pues, 124 años, desde aquel ¿inhumano? castigo aplicado a los criminales
de Aiguá. Tenemos también una declaración de los derechos humanos que debería
protegernos de la violencia en todas sus formas. Incluso, hoy tenemos
beneficios para los erráticos humanos que quieran capacitarse, estudiar,
trabajar y reinsertarse a la sociedad. Pero a pesar de todo ello, tenemos
también más cárceles y más encarcelados, y más muertos y drogadictos, y más
reincidentes en la barbarie y la delincuencia, a pesar de que también tenemos más
policías, más y mejor armamento, y mas sofisticados sistemas de investigación y
prevención. Y como resultado, seguimos teniendo una sociedad harta y
atemorizada, que no ve soluciones ni mejores condiciones.
Por
otro lado, aquellos poderosos liderazgos mundiales que en algún momento se
jactaron de ser los paladines de la justicia, la democracia, y los derechos
humanos, son hoy los principales perpetuadores de los peores genocidios, y
atrocidades inhumanas. Cientos de miles de inocentes civiles, niños, mujeres,
enfermos y ancianos, son pasto de la vergüenza y la prepotencia de unos pocos
insanos. Ni la Corte Penal Internacional, que los ha condenado por sus
aberrantes crímenes de guerra, y su desprecio a los derechos humanos, los ha
ejecutado.
Y
lo siguen haciendo. Y los criminales de barrio siguen reincidiendo. ¡Tres, seis, nueve, doce, hasta en dieciocho
oportunidades! Se asegura que las políticas de mano dura, de la llamada
“derecha”, han fracasado. Y las de mano blanda, de los más izquierdistas, han
naufragado. Y las declaraciones de derechos humanos, se han vuelto una especie
de repetición de papagayos, que hasta los representantes de Dios en la tierra, han
adoptado.
¡Es
peligroso ponernos a pensar por qué, aquellos inhumanos asesinos de Aiguá,
cuando no existía la declaración de los derechos humanos, jamás volvieron a joder
a nadie!








