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Thursday, January 12, 2023

 ¿No aprendimos nada?                                                                        


Es muy difícil establecer pronósticos sobre el futuro de nuestra América. Porque parecería ser que en algunos de nuestros países hermanos no se ha aprendido nada. No se ha aprendido nada a pesar de las cruentas guerras intestinas, las crisis democráticas y las económicas, y los permanentes ejercicios de desestabilización política para obtener el poder.

¿Era realmente Pedro Castillo, el último presidente electo del Perú, un incompetente para el cargo? ¿Carecía de suficiente preparación, experiencia y formación política, para tan alta responsabilidad? ¿Merecía realmente una destitución por permanente incapacidad moral? Hoy, quizá muchos peruanos se estén haciendo estas preguntas. Incluso muchos de quienes lo votaron. Lo cierto es que Pedro Castillo no supo o no pudo conciliar ese permanente enfrentamiento entre el poder ejecutivo y el legislativo. Y cometió el más insensato de los errores: trató de disolver el congreso, siendo ello asimilado como un autogolpe, comparado al suceso de Alberto Fujimori, en 1992.

No previó que el anuncio conllevaría la renuncia de una parte de la cartera de los ministros, que la fiscal de la Nación y la junta Nacional de Justicia condenarían el hecho, y que, poco después de su declaración, el Congreso votaría un golpe contra su golpe, para destituirlo a él de su cargo. No quiso entender que ya tenía en su haber un 70% de desaprobación popular. Un fracaso para su holgada mayoría de votantes que lo eligieron, y también para la izquierda continental que veía en él, la reivindicación de un país harto de tanta corrupción.

Quizá podríamos afirmar que el caso de Pedro Castillo se enmarca dentro de los postulados de aquel famoso Principio de Peter, según el cual el profesor de ciencias de la Universidad del Sur de California, Laurence Peter, analizando las jerarquías laborales en las organizaciones, afirma que a las personas que realizan bien su trabajo se las promueve a puestos de mayor responsabilidad, hasta el punto en que llegan a un puesto en el que no pueden ni siquiera formular los objetivos de su trabajo, y alcanzan su máximo nivel de incompetencia.  Y el resultado de estos ascensos irracionales -llevado a planos de la política -están a la vista: conflictos y desestabilizaciones sociales, golpes de estado, deterioro de las instituciones, etc.

Consideremos que, si bien en 2001, Argentina tuvo 5 presidente en dos semanas, Perú tuvo 5 presidentes en los últimos 2 años. Pero en el primer año de gobierno de Castillo se realizaron 59 cambios ministeriales, lo cual significó un cambio de ministro cada semana, y totalizando 68 cambios en poco más de un año. Aun así, Perú tiene la suerte de que la macroeconomía lo defiende: tiene un PBI de USD 460.000, 165 puntos de riesgo país, y una inflación del 5% al año. Y por más que Argentina posee una mejor situación socioeconómica general, Perú cuenta con reservas por USD 75.000 millones, mientras que, según datos del Banco Central, las reservas netas argentinas sumaban ¡tan solo 3.300 millones de dólares! ¡Además, la inflación es de un 100%, el riesgo país de un 2.400%, y la pobreza de casi un 40%!

Tampoco previó su caída Lula da Silva, quien, habiendo sido el presidente más popular de Brasil, fue, asimismo, el primer expresidente condenado por corrupción en un escandaloso, y también tramposo, caso, que involucró a dos empresas constructoras, y que acabó salpicando a políticos y poderosos empresarios de Brasil, y buena parte de la región. Curiosamente, sin embargo, luego de ser sentenciado a más de 9 años de prisión, el Tribunal Supremo de Brasil decretó su liberación tras 19 meses de penalidad, eliminando todos los cargos en su contra, e incluso habilitándolo para postularse a una nueva elección presidencial, la cual ganó en 2022.  

Anteriormente, también Dilma Rousseff, la sucesora de Lula, fue sometida a un juicio político y destituida, en 2016, por supuesta manipulación de los presupuestos gubernamentales. Dando lugar, a su vez, al gobierno de su vicepresidente, Michel Temer, quien a su vez, enfrentó cargos por corrupción pasiva. ¡Difícil pretender juzgar a alguien por corrupción, en Brasil! Es parte de su metabolismo.

Y el mismo caso que sentenció a Lula da Silva por corrupción, se llevó enganchado al expresidente Rafael Corea, en Ecuador, sentenciado a ocho años de cárcel por recibir favores de la firma brasileña Odebrecht para financiar su movimiento político, Alianza País, a cambio de adjudicarle contratos millonarios. Y quien se refugió en Bélgica, el país de su esposa, el cual le concedió asilo político. Correa negó inmediata y rotundamente su implicación en el caso y argumentó que se trataba de un ajuste de cuentas de fondo político, pero en septiembre de 2020, la sentencia en el proceso de apelación fue hecha pública por el tribunal, y Correa queda así inhabilitado de por vida pare ejercer cargos públicos.

Algo similar le sucedió a la expresidenta y actual vicepresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, quien acaba de ser condenada por un tribunal penal en Argentina a 6 años de prisión por el delito de administración fraudulenta (habiendo otorgado obras viales millonarias a un socio y presunto testaferro, quien también fue condenado), durante los 12 años que gobernaron ella y su difunto marido. ¡Y por haberse beneficiado, en al menos 1.000 millones de USD! La sentencia, también la inhabilita a ocupar cargos públicos de por vida.

Pero como la justicia argentina tiene sus particularidades, el fallo no supone que la vicepresidenta entre inmediatamente a la cárcel, pues primero debe ser ratificado por la Cámara de Casación y la Corte Suprema, lo que podría tardar años y más años. Y como la vicepresidenta goza, además, de fueros parlamentarios, estos impiden que sea arrestada antes del 10 de diciembre de 2023, cuando concluye su mandato; ¡pudiendo presentarse incluso, a elecciones para un nuevo cargo en los comicios del año próximo, lo cual podría extender su inmunidad!

Tampoco previó su caída el expresidente Evo Morales, en Bolivia, quien durante tres elecciones consecutivas obtuvo una votación arrasadora de más del 50% de los votos, y pretendió cambiar la constitución para reelegirse por cuarte vez, perdiendo el apoyo popular en un referéndum que dictaminó el triunfo del NO. Siendo luego acusado por la justicia, y considerado por la izquierda continental, una víctima de los demonios de las élites políticas y económicas.

Podría citar otros casos de pueblos burlados, por corrupción o por incompetencia, o por las dos razones, como Venezuela, cuya revolución llegó para imponer justicia, y cometió la injusticia de expulsar a más de 7 millones de compatriotas por hambre y necesidades, ¡con inflaciones de un millón por ciento! Y perdiendo 80% de su Producto Interno Bruto (PIB) entre 2014 y 2020. O el inexplicable caso cubano, cuyo presidente, Díaz-Canel, acaba de sincerarse ante el plenario de la Asamblea Nacional del Poder Popular, reconociendo que en Cuba no hay alimentos, ni ganado, ni pescado, y también que muchas de las cosas que hace su gobierno dan risa.

Por eso reitero que es muy difícil establecer pronósticos sobre el futuro de nuestra América. Porque si nuestros hermanos Latinoamericanos quieren evitarse una futura existencia intolerable, deben, en primer lugar, analizar hasta qué punto de incompetencia están dispuestos  a llevar, a sus compatriotas menos competentes. ¿O es que no aprendimos nada?

 

 

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