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Saturday, December 16, 2006

Caruso: "la leyenda" que murió cantando.

Un brindis por "Carusiello".

El miércoles 13 de diciembre de 2006, la prensa internacional informaba que el domingo por la noche, el tenor ítalo-francés Roberto Alagna debió abandonar el escenario en medio de la interpretación de AIDA, de Giusseppe Verdi, una de las óperas mas emblemáticas de todos los tiempos.

Aparentemente, Alagna se molestó por los silbidos de una parte del público que –según él –estaba complotado para rechazarlo. Para suplirlo, su reemplazante debió salir de prisa, vestido con pantalones jean y remera negra. Feo, por parte del público ubicado en los palcos superiores de la Scala de Milán, y feo también por Alagna al haber sucumbido a los desmanes de un grupo que, seguramente, no es la mas pura representación de los asistentes a la Scala. Finalmente, feo también por parte de la Scala, el haber permitido que su reemplazante se presentara en ropa de calle, en lugar de estar preparado con la vestimenta correspondiente al Radamés de Aida. Un claro desprecio a la figura profesional del tenor francés.

Pese a mi especial pasión por la música lírica y sus grandes intérpretes, no tenía muy presente la figura de Roberto Alagna, razón por la cual –acudiendo una vez más al magnífico invento de los muchachos de You Tube –me conecté para escuchar algunas de sus interpretaciones. Pasando por los grandes tema como “E lucevan le stelle” y “Recóndita armonía”, de la Tosca de Puccini, a otros de Gounod y Bizet, y varios compartidos con su bella esposa la soprano rumana Angela Gheorghiu, me paré de golpe en La Juive de Aubert, recordando que fue precisamente con esa ópera, la última vez que el gran Caruso pisaría el escenario del Metropolitan Opera House de Nueva York, antes de morir. Y no pude resistir la tentación de escribir su nombre en el buscador de Google, para deleitarme una vez más, con su prodigiosa voz.

Sebastián: de The Punisher a Caruso.

Para mi sorpresa, mi hijo Sebastián, que tiene 11 años y estaba escuchando en su computadora su últimamente preferido tema, The Punisher, se acercó atraído por la melodía de “Una furtiva lágrima” y la potente voz del tenor napolitano. Papá, ¿quien es ese? –me preguntó –¡que tremenda voz que tiene..! Era un tenor, -le respondí - y se llamaba Caruso. Y entonces, le conté brevemente la historia de quien es considerado “la leyenda” de la música lírica de todos los tiempos. El hombre que hizo de su vocación, una pasión. Como a Sebastián le gustó oírla, me sugirió escribirla para los lectores de esta página.

Enrico Caruso, uno de los varios descendientes de una familia pobre de Nápoles, Italia, y que llegaría a ser el cantante más popular de todos los géneros en los primeros veinte años del siglo veinte, sintió desde niño una irresistible atracción por el canto. Atracción que debió vencer mil dificultades, comenzando por la resistencia de su padre, quien lo conminó a abandonar las vicisitudes del arte para ocuparse como aprendiz en un taller mecánico, a fin de obtener ingresos para la supervivencia familiar. En un principio, y con mucha tristeza en su alma, Caruso se conformó con integrar el coro de la Iglesia de su barrio. Y por más que su madrastra - al igual que su madre fallecida -lo animaba a seguir con su inmensa vocación, no tuvo otra salida que abandonar la casa paterna para dar rienda suelta a su pasión.

Aún menor de edad, se dedica a cantar canzonetas napolitanas en cafés y tabernas para ganarse su sustento. Ello sería suficiente, sin embargo, para que la estrella que definitivamente lo había marcado desde su nacimiento, comenzara a brillar ganándole apodos como “Carusiello y aún el “pequeño divo”, y para que un maestro de canto le ofreciera sus servicios a cambio de un porcentaje de sus ingresos. No faltarían más obstáculos, ya que a los 21 años de edad es llamado a integrar las filas del ejército de su país, debiendo dejar su ciudad natal. Pero nuevamente su estrella de la suerte lo rescataría, dado que su comandante del decimotercer batallón de artillería –dando muestras de lo que significa el arte para el alma de los italianos - después de oir una actuación suya en una cena ofrecida por los altos oficiales a la tropa, lo excusa de las obligaciones militares para que regrese a seguir cultivando el canto. ¡Sólo los italianos pueden hacer algo como esto!

Una vez regresado a su ciudad comenzó a cantar óperas en los teatros locales hasta que comenzaron a contratarlo desde otros países como Rusia, Londres, y los grandes teatros del mundo, siendo contratado finalmente por el Metropolitan Opera House de Nueva York, donde se quedó a cantar por los siguientes diecisiete años. De aquí en más, Caruso sería uno de los tenores mas solicitados y mejor pagados del mundo ganando cifras millonarias en dólares y siendo uno de los primeros en grabar sus canciones en los novedosos fonógrafos de la RCA Víctor, los cuales le permitieron difundir su voz por todo el mundo.

La leyenda de Caruso fue tomando cuerpo y recogiendo anécdotas, como una que refiere a una noche en la cual estando en Bruselas, escuchó por el balcón de su habitación del hotel las voces de una multitud de gente que se quejaba por no haber podido conseguir entradas para su actuación. Sin pensarlo entonces dos veces, abrió de par en par las ventanas del balcón y comenzó a cantarles desde allí las principales arias de la opera que debía representar. Estas acciones, unidas a un especial carisma y a un gran espíritu solidario que lo llevó a auxiliar económicamente a muchas familias, producía verdaderas aglomeraciones callejeras a la entrada de los teatros donde iba a actuar.

Pero Caruso fue ocultando por un tiempo y como pudo, los fuertes dolores en el pecho producidos por una pleuritis que fue ganando en intensidad, hasta que una noche, en una de sus ultimas actuaciones en un escenario de Brooklin comenzó a sangrar por la boca y - por no querer abandonar el escenario -cayó desvanecido.. Como parte de la leyenda, hay quienes aseguran que murió esa noche al reventársele las cuerdas vocales. Sin embargo, historiadores más rigurosos aseguran que Caruso –obsesionado por aquella interrupción -volvió a cantar por ultima vez en el Metropolitan, la noche del 24 de diciembre de 1920 – precisamente, La Juive de Aubert - y que la muerte lo sorprende luego, viajando de Nápoles a Roma para operarse de un riñón infectado por la enfermedad.

Pese al característico rasguño de fondo producido por la púa del tocadiscos sobre el disco de pasta de 78 revoluciones de la RCA, la voz de quien fuera el “pequeño divo” sigue asombrando a las nuevas generaciones! Caruso amaba el canto como nadie. Nació para cantar, vivió y murió cantando. Y aunque pudiera haber llegado a ser un buen mecánico o un buen militar, Dios –al igual que su Comandante del Regimiento del decimotercer batallón de artillería -no se perdonaría nunca haberse privado de su voz!

Al finalizar este 2006, te ricordaré “Carusiello”, uniéndome a ti –aunque mis vecinos piensen que estoy loco –para compartir el hermoso brindis de “La Traviata”. Libiamopues -, ne´lieti calici..!

Argenta
Diciembre, 2006

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