Friday, February 11, 2011

Para entender y enfrentar la criminalidad.

La criminalidad en América Latina.

Marcelo Bergman, un investigador del CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económicas) de México, que se ha dedicado a estudiar la criminalidad en varios países de América Latina en el contexto del aumento registrado en su país, comenzó por observar que brasileños y argentinos, guatemaltecos y mexicanos, todos experimentaban súbitos ascensos en los índices de criminalidad y, aunque cada país ofrecía explicaciones lógicas que desnudaban las realidades locales de sus poblaciones, lo que le sorprendió fue que el problema había brotado en un gran número de países prácticamente al mismo tiempo. En la perspectiva de Bergman, el mundo cambió en los años 90 creando espacios de oportunidad para el surgimiento de la criminalidad, como no habían existido por décadas.

Según su análisis, hubo factores que coincidieron en varios países de América Latina: la descentralización del poder, la demanda de bienes de consumo por parte de clases medias bajas, la aparición del crimen organizado dispuesto a satisfacer esa demanda, y la aparición de China como fuente de productos de bajo precio que satisfacían ese mercado. Según él, países como Chile y Uruguay, que tienen sistemas de gobierno centralizado (unitarios como les llama Bergman), no experimentaron la desconcentración del poder y tampoco vivieron súbitos ascensos en la criminalidad. (Lo que quizá entonces Bergman no sabía, era que tampoco Uruguay escaparía del flagelo..).

Una de las conclusiones de Bergman es que en lugar de atacar el problema cuando comenzó, los países que se democratizaron y sus poblaciones estaban “demasiado preocupados con los grandes temas políticos de la transición, y descuidaron lo más elemental: la seguridad de los habitantes. El robo de coches vino seguido por la piratería, ésta del consumo de drogas y hoy estamos endrogados en un mar de violencia para el que los instrumentos del Estado siguen siendo insuficientes o inadecuados”.
Estudio sobre la pobreza en Venezuela
Pobreza, drogas, y algo más..

Complementando conclusiones de Bergman, el Psicoanalista Dr. Luis Bibbó, miembro de la Asociación de Psicoanalistas del Uruguay y de la Asociación Internacional de Psicoanalistas; Director del Instituto Nacional de Criminología desde 2006, y quien fue director del Centro Nacional de Dictámenes Criminológicos del Inacri (2001-2006), aseguraba en una entrevista durante el año 2008: “Debemos tener en cuenta que vivimos en una época de profundos cambios sociales que determinan nuevas condiciones subjetivas, donde el consumo y el placer se nos presentan casi como una exigencia. Existe un aflojamiento de los lazos sociales que tienen especial impacto en los grupos más vulnerados. Hay cambios en el valor de la institución familiar. Ni la pobreza ni la droga, por sí solas, explican el delito y la violencia”.


Otra visión sobre el tema, y más enfocada específicamente en el grupo de los menores infractores -que es el caso que más preocupa a la sociedad uruguaya en la actualidad – la recogí durante mi estadía en Venezuela. En el año 2007, se publicó un estudio coordinado por el salesiano, psicólogo y profesor de la Universidad del Zulia, Alejandro Moreno, en el cual se intentaba responder a una frustrante realidad nacional: ¿Cómo es el delincuente violento, asesino, popular, venezolano? ¿Cuáles son las fuerzas internas que motivan y dirigen a este tipo de personas hacia ese tipo de conductas? El trabajo, basado en el testimonio de 15 homicidas – dentro de los cuales resaltan las experiencias de chicos de 15 años -se publicó bajo un título escalofriante: "Y salimos a matar gente". En el relato de uno de esos chicos de quince años de edad, se aclara que en su primera entrada al INAM ya lo culpaban de haber cometido seis homicidios. "Aquí se caen muchos mitos –aclaran los autores - Y uno es que la pobreza no tiene nada que ver con la delincuencia. Es decir, tiene que ver en cuanto a que son pobres, pero no es por pobres por lo que delinquen. ¿Por qué lo hacen? Delinquen porque quieren sobresalir, quieren adquirir lo que ellos llaman respeto. Y respeto es imposición, miedo”.

Bratton en el Metro de Caracas
La teoría de las “ventanas rotas”.

En su artículo “Ventanas Rotas” -teoría que iluminó el éxito de William Bratton en el combate del delito en Nueva York, junto al Alcalde Giuliani - James Q. Wilson y George Kelling, argumentaban que cuando las ventanas rotas de un edificio no se reponen o reparan, no tardará un vándalo en romper todas las demás, y luego en ocupar la propiedad, y más tarde en convertirla al consumo y distribución de drogas, etc. etc. Con esta metáfora -y apoyados en experimentos realizados con autos estacionados especialmente en zonas tan distintas como el Bronx y Palo Alto - desarrollaron una teoría de la criminalidad que argumentaba que cuando no se atiende o ataca el delito más básico, éste comienza a florecer y a diversificarse hasta convertirse en un fenómeno ubicuo e incontenible.

El resultado es que, frente al común de la población, el permitir y no atacar esta multiplicidad de delitos crea la percepción de que a las autoridades no les importa la protección y la seguridad de los habitantes y de sus bienes, lo cual conlleva a un estado de temor e indefensión.

Por ello, luego de declararle la guerra en Nueva York a quienes bebían y se orinaban en los alrededores, cometían arrebatos contra los transeúntes y otros delitos de los llamados menores, Bratton apuntó al subte. Desde los abusos de quienes se saltaban los torniquetes sin pagar, los frecuentes arrebatos en las estaciones, hasta el anidamiento de quienes tomaban los espacios subterráneos junto a las vías para vivir, pernoctar, hacer sus necesidades, practicar sexo, drogarse, y esconderse de la justicia, todas estas manifestaciones, algunas de mayor y otras de menor gravedad, simbolizaban las ventanas rotas por donde se colaba y multiplicaba la criminalidad. Al atacar esta multiplicidad de delitos, apoyado en un eficiente modelo de gestión policial con fundamento en el concepto de “Tolerancia cero” (una especie de “control de calidad” policial) el mensaje de Bratton quedó claro: “la autoridad llegó para quedarse”. Sus resultados fueron tan espectaculares, que pronto replicarían en otros países. Personalmete, tuve la oportunidad de conocer a este profesional en Caracas.

Uruguay, y sus ventanas rotas.

Personalmente, creo que por aquí esta buena parte de la explicación de lo que nos está pasando en Uruguay. Pese a los grandes e indudables logros en crecimiento económico y a los encomiables esfuerzos en desarrollo humano que en la última década nos convierte en un referente de excepción en la región, no se ha podido entrarle a fondo al tema social. En Uruguay, tenemos aún demasiadas ventanas rotas que arreglar, y hoy, el mismo hecho de tener un gobierno socialista que intenta proteger los derechos de los más desposeídos, suele confundirse con un estado de tolerancia-cómplice, que desconcierta y desmoraliza a la población. Y crea ese estado de temor e indefensión al que la ex -ministra Tourné trataba de justificar calificándolo como “sensación térmica”, el cual no es otra cosa que la percepción generalizada del fracaso en las políticas de seguridad implementadas por las autoridades.

Los cientos de personas, algunas de subida edad y otras muy jóvenes, que toman las aceras de las calles y avenidas para pernoctar, y hasta para instalarse con su núcleo familiar a falta de un techo mínimamente digno; los cientos de jóvenes que diariamente revuelven los contenedores de basura buscando algo para comer o de alguna utilidad; otros, también jóvenes, que deambulan por las calles de la ciudad pidiendo “un peso” para comprar bebida o droga , o los que se autodenominan “cuida coches”, munidos de una varita envuelta en un trapo rojo y un delantal que imita a los funcionarios municipales (muchos de ellos borrachos y adictos) que establecen sus “territorios” en las calles vecinales sin ningún tipo de control ni supervisión, constituyen ventanas rotas que siembran desconfianza y temor en la población.

Como también lo son los “asentamientos” irregulares, que han ido tomando espacios de la ciudad y sus alrededores, convirtiéndose en espejos de exclusión social, con sus miserias y sus carencias de servicios mínimos que garanticen un mínimo de bienestar humano. Esto, aunado a los factores que enumera Bergman, como la demanda reprimida de bienes de consumo por parte de estos sectores marginados de la población, crean las condiciones, tanto para el resentimiento social, como para los “facilitadores de satisfacciones” quienes a través de las distintas modalidades adictivas como la famosa ”pasta base” –última innovación de eficiencia a bajo costo –ofrecen las sensaciones de un viaje por el bienestar que ellos no pueden comprar..

El mayor agravante de todo esto, además de las generaciones perdidas de jóvenes quemados por las drogas, está en que mas allá de sacrificar sus propias vidas, ponen en riesgo con sus actos vandálicos, a los demás componentes de la sociedad. En este sentido, la propia impericia demostrada por el INAU en su tarea de custodio y rehabilitación de los jóvenes –más allá de señalar nombres u hombres, porque el problema es institucional –es otra ventana rota por donde se cuela la ineficiencia gubernamental, y por donde se escapa la confianza de los ciudadanos ante la impunidad de las reiteradas fugas y la repetición de actos criminales de difícil explicación. Si agregamos a ello una interpretación de la justicia no siempre clara, y muchas veces incomprensible al punto de ser percibida como una injusticia, el mensaje que se da a la población en su conjunto, no es necesariamente de protección y seguridad.

Dígase lo mismo de la actual, polémica, y mediática discusión, en cuanto a la baja o no de la edad de imputabilidad de los menores, o el mantenimiento o no de sus antecedentes penales al cumplir la mayoría de edad, lo cual ha tomado un protagonismo desmedido en los medios de comunicación, frente a una población atemorizada que ni entiende ni le corresponde interpretar los aspectos legales que involucran las decisiones de jueces y fiscales por igual. La percepción entonces, es que las autoridades gubernamentales y los encargados de administrar justicia, parecen estar más confundidos aún que la población y los propios delincuentes..

Estos mensajes indescifrables, además de mellar la credibilidad en las instituciones y desmotivar a los servidores públicos encargados del orden y la seguridad ciudadana, léase los cuerpos policiales, actúa a su vez como elemento de incitación a la delincuencia (cuando deberían ser de disuasión) frente a la benevolencia y falta de acción del estado de derecho. No se puede estar bien con Dios y con el diablo al mismo tiempo; y es en estas circunstancias cuando las autoridades tienen que arriesgar una elemental cuota política, en defensa de la integridad y la seguridad de las mayorías ciudadanas. Una mayor inclusión social no puede traducirse en una mayor anarquía.

Calidad de vida: calidad de gente.

Varias veces afirmé, y lo sigo afirmando, que aún frente a sus mayores éxitos en crecimiento económico, un país no podrá aspirar a una mayor “calidad de vida” si no cuenta con una suficiente ”calidad de gente”.. Y también afirmé que los mismos conceptos de la Calidad Total utilizados exitosamente en la fabricación de productos de calidad, son absolutamente válidos en la fabricación de “ciudadanos de calidad”. Desde luego, los ingredientes son otros, pero me atrevo a afirmar que el modelo es el mismo. ¿Qué otra cosa podría asemejarse más al modelo de mejoramiento continuo –imprescindible para un exitoso desarrollo productivo empresarial –que el seguimiento y control de las variables que tienden a desestabilizar el proceso de desarrollo productivo de una sociedad?

“Todo proceso de fabricación está sujeto a cierto nivel de variación que probablemente disminuya la calidad”, nos decía el padre de la Calidad Total, Edwards Deming –“La variación es enemiga de la calidad y es tan inevitable y omnipresente como la gravedad. ¿Y acaso no han sido esas variaciones producidas por nuestras ineficaces políticas en educación, en salud, en protección social, en redistribución del ingreso y mayor inclusión y bienestar social, las que hoy están afectando nuestra producción de ciudadanos de calidad? El descuido en la calidad de la educación –que finalmente prendió las alarmas ante los paupérrimos resultados mostrados por el país en las pruebas de evaluación Pisa –es muestra contundente de una variable social fuera de control. La violencia y la delincuencia que han ganado a buena parte de nuestra juventud -produciendo niños asesinos y adictos irrecuperables -como producto de esas necesidades insatisfechas y hábilmente aprovechadas por los carteles internacionales de la droga, son otras variables de difícil control. El deterioro familiar, la pérdida de principios y valores, otros tantos.

En sentido figurado con el modelo de la Calidad Total, el papel que desempeñan hoy los jueces y fiscales que deben juzgar la conducta de los infractores, se me asemejan a los inspectores de calidad apostados al final de la línea de producción, para separar los productos malos de los buenos, cuando el daño ya está hecho. Y al igual que en la actividad empresarial, el problema está en que para fabricar los unos y los otros se invirtió una cantidad de recursos. que no produjeron los resultados esperados. El daño ya está hecho, y con separar los malos de los buenos no estaremos más que resignándonos a aceptar que para que haya de los unos, irremediablemente también deberán existir los otros.

Familias viviendo bajo un puente
¿Y donde van a parar esos productos o ciudadanos “defectuosos” que produce nuestra sociedad? Pues bien, más allá de los que por deformaciones severas van a los hornos de fundición llamados cárceles, otros son los aludidos al referirnos a la teoría de las ventanas rotas; esos seres que deambulan por las calles recordándonos que si bien no son productos desechables, son una muestra representativa de nuestros errores en el control de las variables sociales. El mayor desafío para Uruguay, pues, no está en aumentar exorbitantemente los cuerpos policiales (aún cuando algunos efectivos más sean necesarios) ni en bajar la edad de imputabilidad de los menores, ni en permitir que se arme la población: sin duda está en “fabricar ciudadanos de calidad”.

Argenta, Febrero, 2011

La policía es el último recurso; cuando todas las demás instituciones han fallado –la familia, la iglesia, las escuelas, el Estado –la gente recurre a la policía; pero la solución no está en nosotros”. (Marina Maggessi, Jefe de la Policía Antinarcóticos de Río de Janeiro, Brasil.

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