Wednesday, April 14, 2010

Desnudando totalitarismos.


Para todos aquellos que, desilusionados al comprobar los excesos de un sistema capitalista abusivo, manipulador, excluyente, y con muy poco de sensibilidad humana, han querido encontrar respuestas en las alternativas del socialismo –y aún en las radicalizaciones del comunismo –resulta mas que interesante oír las opiniones de quienes, en carne propia, han vivido las experiencias de la Alemania hoy reunificada.

Apenas retornado a Uruguay en el 2009, escuché durante una larga tarde los relatos de una prima mía residente en Jiena (Alemania Oriental) quien emigró en las difíciles circunstancias vividas por los uruguayos en los años setenta, y con quien me reencontré luego de sus más de treinta años fuera del país. Relatos que se suman a la enriquecedora experiencia que me llegó en esos mismos días, vía Internet, contada por alguien que nació y vivió viendo de cerca los hechos que motivaron la caída del Muro de Berlín y el proceso que determinó el derrumbe del imperio soviético. Se trata de un artículo que precisamente con motivo de los 20 años de la caída del Muro de Berlín, recoge las manifestaciones de Tzvetan Todorov, historiador, escritor, lingüista, antropólogo y filólogo, nacido en Sofía, Bulgaria, hace 70 años, y quien es un hombre de las dos Europas, Este y Oeste. Todorov reside en París desde 1963, es autor de varias decenas de libros, entre ellos "El hombre desplazado", y desde 1967 es profesor del Centro Nacional de Investigación Científica de París (CNRS) habiendo enseñado también en Estados Unidos. En 2008 ganó el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por representar el espíritu de la unidad de Europa del Este y del Oeste. En muchos aspectos, ambos relatos son por demás coincidentes.


La sociedad frustrada.

Mi prima Marisa, sin tanta trayectoria académica, ha hecho casi de todo para insertarse dentro de la sociedad alemana. Desde aprender el idioma y realizar traducciones en distintas lenguas, ayudantías en trabajos de investigación, redacción de informes y preparación de presentaciones para congresos, hasta la más tradicional y trascendente ocupación femenina: ser madre. Casada hace apenas poco más de un año con un Ingeniero alemán, quien curiosamente fue su gran amigo y orientador durante la mayor parte de su “alemanización”, vivió la época de la Alemania dividida y también el fenomenal evento de la Alemania reunida.

“No todo era malo en la Alemania comunista”, me confiesa; “de hecho, los niños tenían escuelas gratuitas y un sistema de protección social envidiable para muchos países. La medicina también era gratuita; había empleos suficientes y tenías una serie de beneficios que te cubrían las necesidades más inmediatas. En algunos aspectos te sentías tan, tan protegido, que en realidad era como estar internado en un gran residencial donde, si bien compartes casi todo, no eres dueño de nada.. La vida transcurría sin los sobresaltos y las privaciones económicas a las cuales hemos estado acostumbrados los uruguayos casi de por vida -continúa mi prima - pero…también sin las satisfacciones que en ciertos momentos son necesarias para alimentar tu propia individualidad, tus sueños, tus desafíos, y tu sentido de la realización personal. Por otro lado, la corrupción en las altas esferas y las marcadas diferencias con el resto de la población, eran tan contrastantes como a la vez chocantes. Creo que eso alimentó buena parte de una sociedad que se sintió frustrada y, más que protegida, utilizada. Querían hacerte creer que lo tenías todo porque – a su modo -todo te lo daban; pero en realidad, al no tener opciones para elegir lo que deseabas, sentías que no te daban nada..” Con la apertura a la Alemania occidental, ahora puedes tener todo lo que puedas desear, siempre y cuando te lo puedas ganar”.

La noción de “enemigo”.

El artículo de Tzvetan Todorov, a su vez, titulado “Los totalitarismos se nutren con la noción de enemigo”, además de coincidir en muchas apreciaciones con las opiniones de Marisa, tiene muchísima actualidad con situaciones que hoy se viven dentro de algunos países de nuestra región. Criado en un régimen totalitario, Todorov revela su pavor por la mala fe, a la par que una pasión por la democracia, porque según él, se trata de “un bien perecedero”. "Los totalitarios se nutren con la noción de enemigo. Y cuando no hay nadie más para ocupar ese sitio, se coloca allí a la gente que se viste o que baila de manera diferente, que cuenta historias que hacen reír, que es insolente con un superior o con un policía...", afirma Todorov.

Comenzando el artículo, Todorov hace una curiosa observación acerca de la contradicción implícita que encierra el origen del Muro de Berlín, con respecto a otros muros inventados por el hombre para separar y dividir. "Mientras la mayoría de los muros tienen por objetivo impedir que los extranjeros penetren en un país, el Muro de Berlín intentaba impedir que los ciudadanos se fueran", afirma. Y al preguntársele acerca de las ventajas y/o bondades de los regímenes comunistas de Europa del Este, Todorov responde de una manera muy gráfica:

- “En los países del Este había una serie de protecciones del individuo que, en teoría, debían haberle permitido vivir sin sobresaltos. El desempleo no existía, la medicina era gratis, la escuela también y las vacaciones eran baratas. Pero, con el tiempo, todas esas protecciones se fueron transformando en una especie de sistema de seguridad, que hace pensar en las prisiones. Los presos no se preocupan por saber si tendrán algo para comer. Saben que no los podrán echar y que si llueve no van a mojarse. Pero ¿y lo demás? Esa ausencia de desafíos individuales, sumada al derrumbe de las estructuras estatales en los últimos años del comunismo, provocó una sensación de agobio en la gente, que condujo, inevitablemente, a la caída del Muro de Berlín, en 1989”.

Consultado acerca de si fueron los jóvenes quienes consiguieron adaptarse con más facilidad a la transición entre dos mundos tan diferentes, respondió:

- “Para nada. Fueron las personas que antes habían tenido el poder las que se adaptaron con mayor rapidez. Porque conocían todos los mecanismos necesarios. Como en la ex Unión Soviética. Ellos fueron los que compraron, por ejemplo, todas las fábricas. En poco tiempo, volvieron a convertirse en los patrones. El resto de la población padeció los efectos de un foso cultural que le impidió adaptarse a las reglas del capitalismo. También sucedió que la irrupción de los adelantos tecnológicos del Oeste arrasó con todas las estructuras existentes en el Este. ¿Cómo podía esa gente competir con la tecnología occidental? Durante algunos años, en Bulgaria no hubo producción propia. La gente iba a Turquía, compraba cosas y las revendía en el país. No había quedado nada...” Otro punto interesante para conocer su opinión, fue el relativo a cuáles son las secuelas más graves que padecen las sociedades poscomunistas.

-“Las generaciones que han crecido bajo regímenes comunistas –aclara Todorov -estuvieron sometidas y participaron en lo que yo llamo la mentira general. Todo el mundo estaba convencido (erróneamente) de que los ideales sólo podían ser el camuflaje del egoísmo. Por fin, cuando se produjo la desaparición de esos regímenes, el mal estaba hecho: la gente no consiguió creer en nada más”.

Ante esta crucial respuesta, surge la pregunta obligada de porqué el comunismo, como concepción totalitaria, en vez de contentarse con la coerción, como otras dictaduras, necesitó acudir a un discurso casi religioso y a cultivar una especie de devoción pública del ciudadano.

- “Porque fue infinitamente más eficaz –responde Todorov - El totalitarismo nazi fue particularmente virulento, pero sólo consiguió mantenerse 12 años, en un estado de guerra casi permanente, primero en Alemania y después en el exterior. El comunismo duró más de 70 años”. Otra interrogante surge de su libro “El hombre desplazado”, en cuanto a lo que pudiera haber pasado con su vida si se hubiese quedado en Bulgaria.

- “Yo era muy joven cuando me fui de ese país, de modo que no tuve tiempo de cometer demasiados errores. Pero para comprender a esa sociedad fue necesario admitir que yo también podría haber sido capaz de todas las cobardías cometidas por la gente en un régimen totalitario; todos esos compromisos, esos silencios que son la condición indispensable de la supervivencia en ese tipo de sistema”.

El concepto “hombre desplazado” que Todorov utiliza como título de su libro, nace de un sentimiento que lo identifica como tal desde que salió de su país de origen rumbo a Francia, permitiéndole percibir el mundo de una forma nueva y sorprendente. En todo caso, él constituye como nadie quizá, un testigo fiel de lo bueno y de lo malo de los regímenes totalitarios. Y mi prima Marisa, quien durante un tiempo cruel pudo sentirse como "la mujer desplazada", también.


Argenta
Abril, 2010

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