Saturday, April 28, 2007

¿Cómo nace un paradigma?



Hace ya un tiempo, un buen amigo mío con el cual solemos intercambiar actividades y experiencias de nuestro quehacer profesional, como conferencistas y facilitadores en temas gerenciales y de desarrollo personal, me envió un interesante y simpático artículo que considero de interés compartirlo con ustedes, los lectores de La Tercera Opinión.

Para aquellos que estamos acostumbrados a leer, estudiar, interpretar y explicar los alcances de los famosos “cambios de paradigmas”, que han revolucionado los conceptos de calidad, productividad, y la propia gestión empresarial, en las últimas dos décadas, nos resultó fácil entender estos conceptos apoyados en aquel primer libro y primer video de Joel Barker, titulados, precisamente “Paradigmas”.

Pero sin duda este artículo enviado por mi amigo –y supuestamente basado en la observación de un grupo de científicos cuyo origen no aclara, pero del cual tampoco tengo razones para poner en duda –constituye un ejemplo muy simple, y no menos didáctico, para explicarnos como se establece, y a su vez, Cómo nace un Paradigma.

Cuenta el cuento –o en este caso el artículo de mi amigo –que un grupo de científicos colocó cinco monos en una jaula, en cuyo centro colocaron a su vez una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. (En Venezuela se les llama cambures).
El experimentó consistía en que cada vez que uno de los monos subía la escalera para agarrar las bananas, los científicos lanzaban un potente chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo.
Después de un tiempo de repetir esta operación, cada vez que uno de los monos intentaba subir la escalera, los otros lo agarraban a palos. Pasado un tiempo más, a ningún mono se le ocurría volver a intentar subir la escalera, a pesar de la tentación de su fruto predilecto.

Llegado a este punto, los científicos decidieron entonces sustituir a uno de los monos. La primera cosa que se le ocurrió a este último, fue –por supuesto -subir la escalera; lo cual provocó la reacción de los demás, quienes encolerizados, lo bajaron a golpes. Y después de algunas palizas más, el nuevo integrante del grupo decidió no subir más la escalera.

Al poco tiempo, un segundo mono de los restantes sería sustituido, repitiéndose la misma experiencia. Y el primer sustituto participó con entusiasmo de la golpiza proporcionada al novato. Pasado un tiempo más, un tercero sería sustituido, y otra vez se reprodujo el mismo patrón de conducta. Luego el cuarto, y finalmente el último de los más antigüos fue sustituido.

Y aquí viene la imprevisible y curiosa conclusión del experimento: los científicos comprobaron que el nuevo grupo de cinco monos resultante, aún cuando nunca recibieron el baño de agua fría, continuaba golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas..
Si fuese posible preguntar a alguno de ellos por qué golpeaban a quien intentase subir la escalera –ya que ellos nunca recibieron el castigo del agua fría - muy probablemente la respuesta sería: No lo se; las cosas aquí siempre se han hecho así..” Y nuestra interrogante es: ¿Te suena familiar esta respuesta?

Al final del artículo, mi amigo nos solicitaba que no perdiéramos la oportunidad de pasar esta breve historia a otros amigos para que –de una u otra manera –se pregunten por qué están golpeando y agrediendo a los demás, y por qué estamos haciendo las cosas de una manera si –a lo mejor - las podemos hacer de otra más inteligente.
Mi amigo finaliza el relato con la conocida frase de Albert Einstein: “Es más fácil desintegrar un átomo que un pre-concepto”. Y creo que tiene mucha razón. Por ello nos cuesta tanto entender los nuevos paradigmas. Creo que el momento es por demás propicio para hacernos esta reflexión.

Argenta
Abril, 2007

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