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Tuesday, July 28, 2020


Día del enemigo.  
                                                                       
En varios países del mundo, entre ellos Brasil, Chile, España, Argentina, y Uruguay, cada 20 de julio, se celebra el Día del Amigo. Aún cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas resolvió, incluso con voto uruguayo, fijar la fecha el 30 de julio. Y yo lo respeto.

“No hay un día del enemigo”, nos dice Orlando Barone, periodista y escritor argentino  en su “Carta abierta”, del 20/07/2007. “Y no hay porque nadie haría regalos, no colapsarían los celulares ni se llenarían los restaurantes ni se enviarían tantos imaginativos y locuaces mensajes de texto. Tampoco la gente se la pasaría saludando amigos al voleo. O haciendo aspavientos y como si ser amigo no exigiera una rigurosa selección sentimental”. O como si, agrego yo, prendiéramos ignorar que muchas veces ser amigos, implica crear enemigos.

Y me llamó la atención porque desde hace un tiempo ya, y un largo tiempo, me he puesto a pensar precisamente sobre eso. Sobre el simplista y acomodaticio rechazo hacia nuestros enemigos, sin siquiera tener la mínima e inteligente empatía por reconocerlos. Y analizar porqué son nuestros enemigos. Y porque lo primero que uno tiene que hacer desde el momento que se enteró de que tiene un enemigo (no olvidemos además que nosotros mismos somos nuestros principales enemigos)  es tratar de identificarlo; calificarlo, cuantificarlo, medirlo, procesarlo, y hasta meternos dentro de su mente para cuantificar sus fortalezas y debilidades.

 Acostúmbrate a estar atento a lo que otro dice, y en lo posible, métete en el alma de quien habla”, nos decía Marco Aurelio, considerado el último de los llamados “Cinco Buenos Emperadores”. Y también aseguraba que “El verdadero modo de vengarse de un enemigo, es no parecérsele”.  Les confieso que, personalmente,  cada vez que tengo una duda existencial para tratar de entender un determinado suceso, o una determinada situación conflictiva, me remito a leer los pensamientos y buscar inspiración en esos grandes sabios griegos y romanos. Y porque eso del “no parecérsele” (a los demás), es muuuuy difícil de aceptar..!

Y porque además, la historia nos ha enseñado que hay muchas y variadas formas de enfrentar a un enemigo. Tenemos desde la experiencia del Mahatma Gandhi que se sacó a los ingleses de arriba haciendo ayunos y oraciones y sin conocer lo que era una bala; las sabias reflexiones de Abraham Lincoln cuando espetaba a quienes le cuestionaban amistarse con sus enemigos, “¿Y tú no crees que yo  combato a mis enemigos, cuando los hago mis amigos?”, o las de George Bush y Donald Trump con sus insanas mentalidades vergonzantes, intervencionistas,  y destructivas, disparando misiles “por error” y masacrando hospitales de campaña, poblaciones civiles indefensas, a  niños, mujeres ancianos, y lo que sea.. Todo por combatir a un enemigo creado por ellos mismos, y hacer “América Great Again”!

Y logrando unir a gran parte del mundo como amigos, en repudio a la barbarie, la dominación, el abuso, la prepotencia, y la inmoralidad. Y porque pasó a ser el enemigo de todos quienes apostamos a una convivencia enriquecedora en el respeto a los derechos humanos, a la no intervención, a la libre determinación,  y al disfrute de sus recursos naturales y su soberanía  como nación. Convirtiéndonos a todos en amigos, y a su vez, en sus enemigos.

Por eso pienso,  frente a todo ésto,  que los enemigos, sean cuales sean, son algo tan necesarios e imprescindibles como la democracia; como los políticos, los sindicalistas, los corruptos. Porque con sus mentiras y sus errores, y sus agresiones, nos obligan a fortalecernos, reflexionando, analizando,  y empoderándonos, para tomar nuestras decisiones. Y es imposible imaginarnos un mundo sin ellos. Porque si bien en algunos casos solemos edulcorarlos calificándolos como adversarios, este término significa: además de  contrincante, antagonista, competidor, rival, contendiente, oponente, contrario, también enemigo. Y quizá porque ya, como los creamos nosotros mismo, de una forma u otra nos acostumbramos a ellos. ¿Ustedes se imaginarían hoy por hoy,  un mundo sin enemigos?!

Porque enemigo es también ese último engendro del coronavirus, como ayer fue la peste amarilla, u otros ataques letales a nuestra salud humana, que sin embargo han logrado el milagro de que toda la humanidad, llegada la hora,  rescate el valor de los médicos, las enfermeras, los investigadores, los comerciantes minoristas, las (y los) cajeras de los supermercados,  y toda la gente que, de una forma u otra arriesga por nosotros, cada día, algo más que su ropa! Y entonces hoy los consideramos nuestros mejores amigos. Mañana, una vez superado esta pandemia, los volveremos a su segundo plano!

¡Vaya! Si son importantes nuestros enemigos! Pero nos resulta más cómodo rechazarlos o ignorarlos, que enfrentarlos. Es la famosa resistencia a los “cambios de paradigmas” cuando nos obligan a cambiar demasiado. O cuando nos obligan a desenmascarar aquella parte de nuestra psiquis que Carl Jung denominaba “la sombra”, y donde ocultamos las propias vergüenzas que nos negamos a reconocer. Porque son los enemigos los que nos exigen prepararnos permanentemente, intelectual, militante y militarmente,  para defendernos de nosotros mismos, y lo que pueda venir desde afuera.

Y además, ¿cuánta economía mueven nuestros enemigos? Acaso no mueven el empleo creando enormes fábricas productoras de armamento bélico;  creando millones de autómatas humanos para aniquilar a otros humanos;   llenando los espacios de la prensa recogiendo los muertos, las estúpidas y mediocres declaraciones de quienes inventan los conflictos para ganar algo personal a costa de invadir, robar, masacrar a una parte de la humanidad?  ¿Acaso también no mueven los celulares y las redes sociales, y los restaurantes donde se reúnen los mayores profanadores de la humanidad a celebrar sus éxitos? ¿Y acaso no se obsequian presentes y se regalan dividendos entre ellos,  “redistribuyendo” sus ganancias, dentro de su concepto de “inclusión”  social?

Lamentablemente, no es el amigo, quien con sus mejores intenciones trata de darnos aliento para  adaptarnos a la incomodidad del presente - cuando el mal ya está hecho - quien nos dará las armas y las soluciones para la defensa. Es el enemigo, siempre imprevisible y oculto quien nos obligará a  encontrar las respuestas para sobrevivir poniendo a prueba  nuestras fortalezas!  Así que, sin volvernos masoquistas ni fatalistas, reconozcamos en el Día del Amigo, la oportunidad de reconocer nuestras perversas y egoístas ambiciones, para tratar de entender cómo nos convertirnos  en nuestros propios, y más peligrosos, y destructivos,  enemigos!

Porque no se trata simplemente de darnos unos abracitos y unos besitos y unos buenos deseos cuando celebramos el  Día del Amigo, sino que debería servir para recordarnos,  más que nunca, el por qué tenemos enemigos y cómo nosotros mismos los producimos.

Amen.

argentaster@gmail.com

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