Ustedes se lo buscaron.
Es cierto, si, y me niego a ignorarlo, que cada país tiene la potestad soberana de decidir su destino. Pero también es cierto, y así lo determina la imperfecta pero insuperable -hasta ahora -democracia, que cada sociedad humana tiene el derecho a ser escuchada, interpretada, y respetada, en sus expresiones y en sus decisiones. Algo que no ocurre, por cierto, en nuestra hermana república de Cuba.
Y
ustedes me peguntarán ¿por qué importa la realidad cubana, si ellos la han
digerido y asimilado por más de 60 años? Bueno, es que, según la RAE, WordRefrence.com,
y otros, Digerir, es sinónimo de asimilar, nutrir, deglutir. Sus antónimos
son indigestarse, asumir, comprender. Rechazar. También refieren
a sufrir o llevar con paciencia una desgracia o una ofensa.
Y
bueno, yo creo que, dentro de toda esta terminología, está encerrada la razón
de ser y existir del pueblo cubano a lo largo de sus últimas seis décadas.
Ellos, una isla pequeña y sin mayores defensas armadas ni grandes recursos
militares, tuvieron que sufrir, digerir, y asimilar, todo el proceso; desde ser
un refugio para la corrupción, la delincuencia mayor, el juego y la
prostitución, fomentada por delincuentes de” cuello blanco”, nacionales e
importados, hasta una indignada revolución.
Todo
el mundo llevaba sus sucios negocios a Cuba. Humillando a los cubanos, frente a
si mismos, y ante el resto de la comunidad mundial. Por ello, la razón de ser
de la revolución Castrista, trataba, en principio, de recuperar la dignidad
nacional, como sociedad, en manos de un dictador complaciente y unos cómplices socios,
indecentes. Y por ello, en su momento, su reivindicación fue un modelo que
revolucionó las desgastadas estructuras socioeconómicas que favorecían
únicamente, a los depredadores sociales de todo el continente. Pero pasó, lo
que no debió pasar. Esos famosos liberadores de la dictadura y la opresión se
transformaron, ellos mismos, en la nueva dictadura, y una nueva sumisión.
Cuando ya se les acababa la miel del dulce
encanto psicológico de la revolución -admirada a su vez, por buena parte de los
hermanos de su región – y había que mostrar beneficios concretos hacia la
población, comenzaron a montar la defensa contra sus propios compatriotas, y contra
cualquier contrarrevolución -también ideológica -que pudiera removerlos de su
zona de confort. Y fracasaron, una vez más fracasaron, con su nuevo paradigma excluyente,
en lugar del prometido, y más incluyente. La ambición personal, de protagonismo
y poder, se convirtió en un proceso de autofagia, alimentado por la destrucción
de su propio ser.
Pero ¿es lógico, humanamente, que un
grupo de no más de cuatro de sus ciudadanos, decidan de por vida, los sueños,
las esperanzas, las ambiciones, las posibilidades y las oportunidades de crecimiento
y superación, de una enorme mayoría de millones de ciudadanos que despiertan y
quieren reivindicar sus derechos? ¿Y que para ello concienticen y moneticen, a
una gran parte de sus ciudadanos a enfrentarse militarmente armados, a sus
propias familias, amigos, y conciudadanos?
Y esto ha sucedido, tanto en
nuestra hermosa hermana Venezuela, como también -desde ya hace más de 60 años, en
nuestra ya desgastada, cansada, aprisionada, destruida, e ignorada, sociedad
cubana.
Pienso que aquí está, una vez más, la
interminable diatriba de la soberanía de los pueblos. Si unos dirigentes
coyunturales - elegidos en su momento ante los escasos beneficios de una
anterior administración – abusan de los derechos legales, corrompiendo a parte
de su población, para impedir la soberana expresión, esto es un atentado a la
propia identidad. ¡Y una disminución de su dignidad nacional! Claro; me dirán, y es cierto, que, en, en
última instancia, todo esto se debe a decisiones erradas, o no, de sus propios
pueblos soberanos. Lo cual no justifica el abuso de poder, de quienes han sido
depositarios de la confianza de su gente. Y la han engañado, una y otra vez.
Recordemos, entonces, las sabias
palabras del maestro venezolano Simón Rodríguez, a quien mucho admiro, bautizado
en su momento como párvulo expósito, (hijo de nadie) pero que ha sido
considerado el más cuerdo hijo de la América hispánica. Maestro, incluso del
gran Simón Bolívar, cuando advertía: «Alborotar a un pueblo por
sorpresa, o seducirlo con promesas, es fácil; constituirlo es muy difícil: por
un motivo cualquiera se puede emprender lo primero; en las medidas que se tomen
para lo segundo se descubre si en el alboroto o en la seducción hubo proyecto, y
el proyecto es el que honra o deshonra los procedimientos; donde no hay
proyecto no hay mérito”. “Huid del país donde uno solo ejerce
todos los poderes: es un país de esclavos,” agregaba. ¡Qué gran profecía!
En castigo a su cordura, a Simón
Rodríguez lo llamaban El Loco. Él decía que nuestros países no son libres,
aunque tengan himno y bandera, porque libres son quienes crean, no quienes
copian, y libres son quienes piensan, no quienes obedecen. Enseñar, decía El
Loco, es enseñar a dudar”. ¡Lo admiro! Cuando se desgasta y empobrece suficientemente
a una sociedad, y no se le permite su más elemental derecho a expresar su
voluntad, cualquier exabrupto legal, o aún inconstitucional, originado desde
afuera, puede ser celebrado como un adelanto hacia su liberación”.
Y esto es lo que ha sucedido hoy, con
la invasión del descerebrado presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en
Venezuela. No quisieron creer en las denuncias y advertencias de nuestros
representantes en nuestra regional OEA (Organización de Estados Americanos), ni
en la ONU (Naciones Unidas), ni en los informes sobre violación de derechos
humanos y abusos en la Corte Internacional Penal. Y entonces hoy, ¿con que
derechos se golpean el pecho, frente a la supuesta liberación por parte de un país
que ha sido la vergüenza de nuestra americana sociedad?
Estados Unidos de Norteamérica nunca
fue un gran amigo de América Latina; siempre fue un aprovechador, de las
circunstancias que lo pudieran favorecer. Como en tantas partes del mundo. Pero
los revolucionarios chavistas, y los legendarios frustrados socialistas
cubanos, hoy pagan el precio por denigrar y empobrecer a sus conciudadanos. Hoy
fue Venezuela; mañana será Cuba. Y muchos más lo van a festejar. ¡Ustedes se lo
buscaron! ¡Lo que no pudieron ganar desconociendo, o prohibiendo, las elecciones
internas entre sus ciudadanos, hoy lo van a pagar a
través de quienes ni siquiera les interesa su identidad como país soberano!


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