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Wednesday, March 04, 2026

 Ustedes se lo buscaron                                                                  


Es cierto, si, y me niego a ignorarlo, que cada país tiene la potestad soberana de decidir su destino. Pero también es cierto, y así lo determina la imperfecta pero insuperable -hasta ahora -democracia, que cada sociedad humana tiene el derecho a ser escuchada, interpretada, y respetada, en sus expresiones y en sus decisiones. Algo que no ocurre, por cierto, en nuestra hermana república de Cuba.

Y ustedes me peguntarán ¿por qué importa la realidad cubana, si ellos la han digerido y asimilado por más de 60 años?  Bueno, es que, según la RAE, WordRefrence.com, y otros, Digerir, es sinónimo de asimilar, nutrir, deglutir. Sus antónimos son indigestarse, asumir, comprender. Rechazar. También refieren a sufrir o llevar con paciencia una desgracia o una ofensa.

Y bueno, yo creo que, dentro de toda esta terminología, está encerrada la razón de ser y existir del pueblo cubano a lo largo de sus últimas seis décadas. Ellos, una isla pequeña y sin mayores defensas armadas ni grandes recursos militares, tuvieron que sufrir, digerir, y asimilar, todo el proceso; desde ser un refugio para la corrupción, la delincuencia mayor, el juego y la prostitución, fomentada por delincuentes de” cuello blanco”, nacionales e importados, hasta una indignada revolución.

Todo el mundo llevaba sus sucios negocios a Cuba. Humillando a los cubanos, frente a si mismos, y ante el resto de la comunidad mundial. Por ello, la razón de ser de la revolución Castrista, trataba, en principio, de recuperar la dignidad nacional, como sociedad, en manos de un dictador complaciente y unos cómplices socios, indecentes. Y por ello, en su momento, su reivindicación fue un modelo que revolucionó las desgastadas estructuras socioeconómicas que favorecían únicamente, a los depredadores sociales de todo el continente. Pero pasó, lo que no debió pasar. Esos famosos liberadores de la dictadura y la opresión se transformaron, ellos mismos, en la nueva dictadura, y una nueva sumisión.

Cuando ya se les acababa la miel del dulce encanto psicológico de la revolución -admirada a su vez, por buena parte de los hermanos de su región – y había que mostrar beneficios concretos hacia la población, comenzaron a montar la defensa contra sus propios compatriotas, y contra cualquier contrarrevolución -también ideológica -que pudiera removerlos de su zona de confort. Y fracasaron, una vez más fracasaron, con su nuevo paradigma excluyente, en lugar del prometido, y más incluyente. La ambición personal, de protagonismo y poder, se convirtió en un proceso de autofagia, alimentado por la destrucción de su propio ser.

Pero ¿es lógico, humanamente, que un grupo de no más de cuatro de sus ciudadanos, decidan de por vida, los sueños, las esperanzas, las ambiciones, las posibilidades y las oportunidades de crecimiento y superación, de una enorme mayoría de millones de ciudadanos que despiertan y quieren reivindicar sus derechos? ¿Y que para ello concienticen y moneticen, a una gran parte de sus ciudadanos a enfrentarse militarmente armados, a sus propias familias, amigos, y conciudadanos?   Y esto ha sucedido, tanto en nuestra hermosa hermana Venezuela, como también -desde ya hace más de 60 años, en nuestra ya desgastada, cansada, aprisionada, destruida, e ignorada, sociedad cubana.

Pienso que aquí está, una vez más, la interminable diatriba de la soberanía de los pueblos. Si unos dirigentes coyunturales - elegidos en su momento ante los escasos beneficios de una anterior administración – abusan de los derechos legales, corrompiendo a parte de su población, para impedir la soberana expresión, esto es un atentado a la propia identidad. ¡Y una disminución de su dignidad nacional!  Claro; me dirán, y es cierto, que, en, en última instancia, todo esto se debe a decisiones erradas, o no, de sus propios pueblos soberanos. Lo cual no justifica el abuso de poder, de quienes han sido depositarios de la confianza de su gente. Y la han engañado, una y otra vez.

Recordemos, entonces, las sabias palabras del maestro venezolano Simón Rodríguez, a quien mucho admiro, bautizado en su momento como párvulo expósito, (hijo de nadie) pero que ha sido considerado el más cuerdo hijo de la América hispánica. Maestro, incluso del gran Simón Bolívar, cuando advertía: «Alborotar a un pueblo por sorpresa, o seducirlo con promesas, es fácil; constituirlo es muy difícil: por un motivo cualquiera se puede emprender lo primero; en las medidas que se tomen para lo segundo se descubre si en el alboroto o en la seducción hubo proyecto, y el proyecto es el que honra o deshonra los procedimientos; donde no hay proyecto no hay mérito”.Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos,” agregaba. ¡Qué gran profecía!

En castigo a su cordura, a Simón Rodríguez lo llamaban El Loco. Él decía que nuestros países no son libres, aunque tengan himno y bandera, porque libres son quienes crean, no quienes copian, y libres son quienes piensan, no quienes obedecen. Enseñar, decía El Loco, es enseñar a dudar”. ¡Lo admiro! Cuando se desgasta y empobrece suficientemente a una sociedad, y no se le permite su más elemental derecho a expresar su voluntad, cualquier exabrupto legal, o aún inconstitucional, originado desde afuera, puede ser celebrado como un adelanto hacia su liberación”.

Y esto es lo que ha sucedido hoy, con la invasión del descerebrado presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en Venezuela. No quisieron creer en las denuncias y advertencias de nuestros representantes en nuestra regional OEA (Organización de Estados Americanos), ni en la ONU (Naciones Unidas), ni en los informes sobre violación de derechos humanos y abusos en la Corte Internacional Penal. Y entonces hoy, ¿con que derechos se golpean el pecho, frente a la supuesta liberación por parte de un país que ha sido la vergüenza de nuestra americana sociedad?

Estados Unidos de Norteamérica nunca fue un gran amigo de América Latina; siempre fue un aprovechador, de las circunstancias que lo pudieran favorecer. Como en tantas partes del mundo. Pero los revolucionarios chavistas, y los legendarios frustrados socialistas cubanos, hoy pagan el precio por denigrar y empobrecer a sus conciudadanos. Hoy fue Venezuela; mañana será Cuba. Y muchos más lo van a festejar. ¡Ustedes se lo buscaron! ¡Lo que no pudieron ganar desconociendo, o prohibiendo, las elecciones internas entre sus ciudadanos, hoy lo van a pagar   a través de quienes ni siquiera les interesa su identidad como país soberano!

 

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