Trazabilidad o muerte; el futuro de nuestra juventud no depende de la suerte.
Coincido con la ministra Lustemberg, en que no puede ser que en un país donde nacen tan pocos niños, no podamos tener el cruce de sistemas de información y la indispensable trazabilidad, de ese niño, desde antes de que nazca. Lamentablemente, y teniendo en cuenta las circunstancias que rodearon el nacimiento de Jonathan Correa, y el proceso de su seguimiento, durante sus 15 años de edad, condicionado desde antes de nacer a una vida de sufrimientos, era esperable este triste e inhumano acontecimiento.
Es cierto que, humanamente, no
podemos impedir estos nacimientos, casi que con
tragedia anunciada. También es cierto que, legalmente, no podemos
quitarle a una madre su hijo, previendo una vida arruinada desde antes de su
nacimiento. Por más cruel e injusto que sea, cada quien -pese a sus
limitaciones -tiene el derecho de asumir sus decisiones. Pero también su
responsabilidad. Tener un hijo es un regalo de la existencia humana, no de la
suerte. De cada ser que nace, allí donde sea, puede y debe resultar un
enriquecimiento para sí mismo, para su familia, y para el resto de la sociedad.
Quién no se sienta capaz -por las
razones que sean -de cumplir con este mandato sublime, debe pedir ayuda al Estado. Y a su vez el
Estado es responsable de hacerse cargo -de la forma que sea - de evitar las
crueles circunstancias derivadas de una paternidad -o maternidad -irresponsable
-que lleven al sufrimiento y posterior fallecimiento de un niño destinado,
naturalmente, a disfrutar de una vida digna y a ser útil para su comunidad.
Jonathan, ni siquiera tuvo la
oportunidad de enterarse de todo esto. Lo desechamos desde antes de su
nacimiento, y sin tener siquiera la oportunidad de conocer y decidir, si quería
quedarse a vivir entre nosotros. Sin tener el mínimo derecho a que alguien lo
quisiera, y lo defendiera. No; estaba predestinado a ser culpable de una
inequidad social, de la cual nunca tuvo
culpa, ¡y ni siquiera protagonismo!
Confieso que me duelen demasiado
estos casos, de seres humanos tan inhumanos, que no merecen seguir viviendo
dentro de nuestra sociedad. Porque son una mancha que no se quita, ni con la
cárcel, ni con el perdón y la supuesta recuperación, de quien ha sido -por
tanto tiempo -un depredador de su propia familia, y del resto de nuestra
sociedad.
Me duele Jonathan, como si fuera mi hijo. ¡El Estado debió intervenir mucho más! “A grandes males, grandes remedios”, es una frase hecha, que, en estos casos, es muy aplicable. Si en el caso de Jonathan, esa madre que vio y soportó, durante tanto tiempo la laceración de su hijo, a manos de su vergonzoso padre, un padre que ella eligió, hubiera elegido separar a su hijo de esa salvaje convivencia, entregándolo al Estado, mientras ella no pudiera hacerse cargo, hoy Jonathan, ese niño de 15 años, buen alumno, de mirada triste, estaría entre nosotros encaminado a ser, un ser humano feliz, y una promesa para su nación.
Sin duda esa pobre mujer
necesitaba ayuda para salir de esa brutal convivencia. No sabía cómo hacerlo.
El Estado, a su vez, conociendo la situación, debió asumir esa paternidad
destructiva, de quien nunca estuvo preparado para ser padre. Por las buenas, o
por las malas. Por la ley de la justicia, o incluso, en estos casos, por la ley
de la convivencia humana que exigía soluciones inmediatas, más allá de la
lentitud de la ley y la justicia. Nada
de esto funcionó. Y ese hermoso chiquilín, que además siempre defendió a su
pequeña hermana, tuvo el más aberrante fin, apenas comenzado su inicio.
Lo vuelvo a repetir; me duele
profundamente, la triste historia de Jonathan Correa, a quien nunca conocí,
pero es como si fuera uno más de mis cuatro hijos. Es inconcebible al día de
hoy, y con las experiencias vividas, que el “padre Estado”, no sea más padre
exigente y responsable de la vida o muerte de sus hijos, al par que es tan
dispendioso para beneficiar -indirectamente – a quienes no lo merecen, ¡y lo
destruyen todo! No sé, legalmente, las penas que les corresponden a unos
padres/bestia como el de Jonathan; yo asumo las extremas decisiones que se tomen
para separar -de una forma u otra -a estos depredadores sociales, del resto de
la sociedad.
Me duele Jonathan; me duele mucho
esta parte de nuestra sociedad uruguaya, que no ha logrado hacerse cargo de
esta responsabilidad. Te juro por Dios, Jonathan, allí donde estés, que si te
hubiéramos conocido, yo, mi familia, mis amigos, y hasta quienes comparten las
lecturas y locuras, en este medio de
relacionarnos todos, hubiéramos hecho lo imposible, por lograr lo que era
posible -y no lo hicieron -en esa familia que te parió, pero nunca te valoró.
Descansa en paz, por lo menos,
descansarás…de tanto trato inhumano.




0 Comments:
Post a Comment
Subscribe to Post Comments [Atom]
<< Home