¿Somos un país de bestias humanas?
“A Jonathan Correa lo mató su padre después de una de las tantas palizas que le daba de forma cotidiana”, nos relata “la diaria”, el 14 de marzo de 2026. “Esta vez la excusa fue que no había sacado de su casa a unos cachorros de perros pitbull que la familia criaba para aportar a sus menguados ingresos. La golpiza ocurrió antes de dormir y el fallecimiento se consumó durante la madrugada. Al constatarlo, el agresor –su propio padre– tiró el cuerpo del adolescente de 15 años a la cañada que corre por enfrente de la precaria casa de la calle costanera que tiene el nombre de Aurelia Viera.“Años de violencia, desigualdad, omisiones y descoordinación del Estado”, titula la diaria.
“Hay tantas lesiones internas que la forense
no pudo constatar bien dónde había iniciado el sangrado”, dice el informe leído en la audiencia de
imputación de su padre.
La Escuela Técnica de Flor de Maroñas, a la que Jonathan concurría, se había
percatado de la violencia y activó los protocolos de la Administración Nacional
de Educación Pública (ANEP) en noviembre. Según dijeron fuentes de la ANEP
a la diaria, al ver que la denuncia no había tenido tratamiento,
desde la UTU se había comenzado a monitorear la situación.
Y es primordialmente muy importante lo
que relata la diaria sobre el entorno y circunstancias dentro de las cuales se
crio Jonathan. Según pudo reconstruir la diaria con base en
testimonios de vecinos e integrantes de instituciones educativas del barrio, la
familia de Jonathan está atravesada por décadas de violencia y vulneraciones de
derechos. El clan tiene su origen en 15 hermanos, y una parte de la familia se
la ha pasado transitando entre la precariedad, la informalidad laboral y la
delincuencia.
En el caso de su padre, cuenta con
anotaciones penales desde los 12 años y fue denunciado dos veces por violencia
de género por la madre de Jonathan. En 2024, la última vez, cuando fue a buscar
a su hijo a la escuela estando visiblemente golpeada, desde el centro educativo
hablaron con ella y decidió hacer la denuncia. La Justicia dispuso medidas
cautelares por 180 días, ¡sin tobillera ni custodia policial!” Vecinos de la zona aseguran que la madre
estaba al tanto de lo que pasaba y que nunca detuvo las golpizas propinadas
a Jonathan por parte de su padre. Testigos aseguraron
que Jonathan solía ser golpeado por su padre y que, incluso, que se sentían los
gritos de auxilio por parte del menor. ¡Cuánta bestialidad!
¡Me avergüenza esto en mi país! Desde
hace doce años edito mensualmente un boletín titulado “Buenas Noticias
Uruguay”. Lo hago y distribuyo totalmente gratis para quien quiera recibirlo o
leerlo en mis redes sociales. Lo hago porque luego de regresar, viviendo 18
años en el exterior, me siento orgulloso de lo que ha logrado este país. ¡Pero
estas heridas, profundas, dolorosas, vergonzantes, me avergüenzan y me sumen en
la impotencia!
Todo el mundo lo sabía. La UTU, a la que concurría Jonathan, sabía lo que ocurría. La ANEP también lo sabía. Su madre y familiares lo sabían. Los vecinos y testigos circunstanciales, lo sabían. La justicia que dispuso medidas cautelares por 180 días, para su padre, sin tobillera ni custodia policial, también lo sabía. ¡Mucha gente lo sabía! Pero Jonathan, de 15 años, aquel chiquilín de mirada triste pero buen alumno, como lo definieron sus maestras, apareció muerto y reventado a golpes, en la cañada que corre frente a su precaria casa, asesinado por su propio padre. ¡Parece imposible tanta bestialidad humana! Me lo pregunto, y pregunto una vez más ¿en qué, donde, y por qué, estamos fallando tanto, como sociedad? ¿En un país que, en otros temas del desarrollo nacional, hemos avanzado tanto?
Tenemos
enormes beneficios sociales para los
cuales, increíblemente, un pequeño país que no dispone de ninguna de las
grandes riquezas naturales de otros países hermanos - petróleo, acero, aluminio, litio, etc. - ni
las famosas “tierras raras”, que tanto obsesionan al mundo de la tecnología, nos
las ingeniamos para redistribuir la riqueza producida por nosotros mismos,
gracias a la contribución de compatriotas y extranjeros, que apostamos al
esfuerzo humano, y sus posibilidades, como gran riqueza universal. En
definitiva, somos una “tierra rara”.
La trazabilidad humana
indispensable.
En una entrevista con Montevideo
Portal, la titular del Ministerio de Salud Pública, Cristina
Lustemberg, repasó los principales avances de su gestión; reconoció
las dificultades estructurales del sistema, y reflexionó sobre una gran
paradoja: “No puede ser que en un país donde nacen
tan pocos niños no podamos tener el cruce de sistemas de información; la
trazabilidad de ese niño desde antes de que nazca. Con la ley, el Estado asume la mayor
responsabilidad en este tema y ordena para que estas situaciones como la que
ahora estamos lamentando no lleguen a suceder”. Y aquí, Lustemberg coincide
con una de mis reiteradas propuestas, como apuesta al futuro, que debería
emprender nuestra sociedad. La trazabilidad humana.
Esa trazabilidad indispensable que
le de seguridades a cada niño que nace en nuestro país,
y al resto de la sociedad. A nuestros niños, desde antes de su
nacimiento, y el posterior seguimiento; desde su origen, su hábitat, sus
condiciones de vida, sus valores, su formación, y sus expectativas. Esta es la
trazabilidad indispensable para el objetivo de la formación de buenos
ciudadanos. Nada más acertado que la definición de la AGESIC (Agencia de
Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información y Conocimiento) sobre “trazabilidad”,
(en este caso referido a servicios), pero que bien encierra el mismo concepto
cambiando el objetivo “servicio” por el de” ser humano”.
“La trazabilidad hace referencia al proceso de seguir y registrar las distintas etapas y
actividades asociadas a un “servicio” (¿ser humano?) en línea a lo largo de su ciclo de vida
-nos dice AGESIC - esto permite tener un historial detallado y transparente de
cada acción, desde la solicitud inicial hasta la resolución final ( ) ..la trazabilidad
es importante para asegurar la eficiencia, el control y la transparencia del
proceso”.
Los uruguayos hemos sido exitosos,
aplicando este concepto de la trazabilidad a uno de nuestros principales rubros
de exportación; la ganadería, con el objetivo de cumplir con las más exigentes
normas de calidad, impuestas por la comunidad internacional. ¿Por qué no
aplicarla a nuestra generación de seres humanos? Ese proceso de seguir y
registrar las distintas etapas y actividades asociadas, esta vez a un “niño” -en
línea, a lo largo de su ciclo de vida. Porque, en definitiva, un niño nacido en
el país, es más importante que 11 millones de vacunos, también nacidos en el
país. Los vacunos, los reponemos fácil: ¡los herederos del conocimiento, el
talento, y la riqueza humana que ellos puedan producir, es mucho más difícil! Y
por ello, la trazabilidad humana entre nuestros compatriotas es vital para
conocer a donde irán nuestras futuras generaciones.
Un niño es parte de la riqueza
que puede producir un país; pues de él dependerá su futuro como nación. ¿Cómo
no aplicarle entonces la indispensable trazabilidad para asegurarnos que su vida
sea un buen pasaje, y una mejor contribución a la sociedad? Y para que no termine siendo otra bestia
humana, que avergüence nuestra humanidad.
Próximo
artículo: “Trazabilidad o muerte; el futuro de nuestra juventud no depende de
la suerte”.




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