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Saturday, August 15, 2026

 ¡Y los fusilaron nomás..!


Sebastián Panzl en el libro “Fusilados y verdugos. Historia de la pena de muerte en Uruguay”, nos relata el hecho de cuando, en 1902, se aplicó por última vez la pena de muerte en Uruguay. En aquel momento, se ejecutó a dos hombres en un campo en Aiguá, departamento de Maldonado,  debido a que habían asesinado a cinco personas en un robo que no se concretó. Las víctimas del crimen fueron Adolfo Silveira (68 años), su primo Pedro (40), su esposa Luisa de los Santos (76), el peón Olegario Fernández (19) y un niño que vivía en el campo, Juan Francisco Alonso (8).  

“La violencia de aquel asalto había sido tremenda y el caso horrorizaba a una sociedad ansiosa por poner fin a la delincuencia que tenía a mal traer al país en los primeros años del siglo XX”, escribió el periodista. Y la Justicia determinó que los delincuentes fueran fusilados en el lugar del homicidio. Esa fue, guste o no, la forma de concebir e implementar, en aquella época, los “derechos humanos”, que hoy siguen interpelando a la humanidad entera. Y de esta forma, aquellos dos inhumanos no volvieron nunca más a cometer otro crimen ni a joder a nadie.

Hasta que, el 10 de diciembre de 1948, representantes de todas las regiones del mundo con diferentes antecedentes jurídicos y culturales, proclamaron en la Asamblea General de las Naciones Unidas en París, la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, un documento que marca un hito, estableciendo y aclarando, por primera vez, los derechos fundamentales que deben protegerse en el mundo entero. 

Y en su Artículo 1; se aclara que: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” ¡Excelente expresión de buenos deseos! ¿Y quién es el encargado de que dichas buenas intenciones se cumplan, y alcancen este ejemplar objetivo? Pues los propios seres humanos, quienes, frecuentemente, borran con el codo, lo que escriben con la mano.

Y entonces tenemos que, para que existan y se respeten verdaderamente los derechos humanos, deben existir “humanos derechos “, en su proceder y accionar, sin perjudicar, herir, abusar, o matar, al resto de la humanidad. ¿Lo hemos logrado? Los hechos actuales, en este único mundo que tenemos, nos indican que lamentablemente, pese a los buenos deseos expresados en la DUDH, nos siguen preocupando las mismas situaciones de aquel hecho bárbaro, acaecido en nuestro Uruguay, en 1902, y que seguimos confrontando “La tremenda violencia de aquellos asaltos, más innumerables robos, estafas, homicidios, y otras tropelías de la delincuencia, los cuales siguen horrorizando a una sociedad ansiosa por poner fin a la delincuencia”.

Tenemos pues, 124 años, desde aquel ¿inhumano? castigo aplicado a los criminales de Aiguá. Tenemos también una declaración de los derechos humanos que debería protegernos de la violencia en todas sus formas. Incluso, hoy tenemos beneficios para los erráticos humanos que quieran capacitarse, estudiar, trabajar y reinsertarse a la sociedad. Pero a pesar de todo ello, tenemos también más cárceles y más encarcelados, y más muertos y drogadictos, y más reincidentes en la barbarie y la delincuencia, a pesar de que también tenemos más policías, más y mejor armamento, y mas sofisticados sistemas de investigación y prevención. Y como resultado, seguimos teniendo una sociedad harta y atemorizada, que no ve soluciones ni mejores condiciones.

Por otro lado, aquellos poderosos liderazgos mundiales que en algún momento se jactaron de ser los paladines de la justicia, la democracia, y los derechos humanos, son hoy los principales perpetuadores de los peores genocidios, y atrocidades inhumanas. Cientos de miles de inocentes civiles, niños, mujeres, enfermos y ancianos, son pasto de la vergüenza y la prepotencia de unos pocos insanos. Ni la Corte Penal Internacional, que los ha condenado por sus aberrantes crímenes de guerra, y su desprecio a los derechos humanos, los ha ejecutado.

Y lo siguen haciendo. Y los criminales de barrio siguen reincidiendo.  ¡Tres, seis, nueve, doce, hasta en dieciocho oportunidades! Se asegura que las políticas de mano dura, de la llamada “derecha”, han fracasado. Y las de mano blanda, de los más izquierdistas, han naufragado. Y las declaraciones de derechos humanos, se han vuelto una especie de repetición de papagayos, que hasta los representantes de Dios en la tierra, han adoptado.

¡Es peligroso ponernos a pensar por qué, aquellos inhumanos asesinos de Aiguá, cuando no existía la declaración de los derechos humanos, jamás volvieron a joder a nadie!

 

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