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Thursday, August 06, 2026

 Echarse un polvo, no es malo..


En estos días, el excelente programa televisivo “En Foco”, de nuestro uruguayo Sebastián Beltrame, sobre sus viajes por el mundo, nos aclaró los alcances intelectuales de una expresión popular, que -más allá de nuestra ignorancia pueblerina - cuenta con orígenes históricos de cultura y sociedad. Y es que a veces, más que juzgar, hay indagar en las expresiones -y los por qué – de los significados en otros pueblos y en otras épocas y circunstancias. En este caso, Sebastián, en se refería a la expresión “echarse un polvo”, y sus significados de origen.  Yo siempre pensé que, aún en su versión popular, vulgar, y directa, el concepto no era para nada malo.

Sebastián, en su reconocido programa de viajes, explica que el origen de la expresión coloquial,  viene del siglo XVIII, y proviene de cuando la gente europea usaba el tabaco rapé - aspirado desde una pequeña cajita plateada, de bolsillo - como una excusa, para ausentarse de sus aburridas y largas reuniones, políticas, o sociales. Y también que la expresión "echar un polvo" fue aprovechada hábilmente para referirse a tener relaciones sexuales, durante estos espacios de tiempo y lugar. Era común entonces, aunque no totalmente legal, salir a los pasillos, jardines, o habitaciones especiales para el descanso y “echarse un polvo”, también con sus amantes y prometidas. O sea, las personas salían de la sala con la excusa de ir a "echar un polvo" (es decir, a aspirar su tabaco) y algunos usaban ese momento fuera de la vista de todos para verse con sus amantes en secreto.  Con el tiempo, la gente empezó a usar "echar un polvo" únicamente para hablar del encuentro íntimo.

¡Y desde ahí se jodió todo! Quizá podríamos asimilarla hoy, a nuestra costumbre de salir a fumar un cigarrillo, para justificar - luego de una jornada de presentaciones políticas, o empresariales - un momento de liberación del estrés.  El problema es que, según las declaraciones de nuestros representantes políticos luego de sus maratónicas y pajeras interpelaciones hacia sus adversarios, parecería que el rapé les cae mal. No hilvanan una idea coherente con las respuestas que realmente queremos oír los ciudadanos; simplemente se centran en discursos, ataques, o descalificaciones a sus adversarios, y para alimentar la saciedad de su perrada partidaria. O sea, se echan un polvo, para que sus allegados partidarios también hagan su catarsis personal, echándose un polvo con sus declaraciones.

¿Recuerdan la teoría de Pavlov, y los reflejos condicionantes, ante una manada de perros? ¡Claro, me han dicho algunos, pero es nuestro modo de subsistir cuando los espacios ya están tomados, y no tenemos mayormente nada que aportar! ¡Tenemos que seguir alimentando la saciedad de nuestros fieles perros! Es lo mismo que hace el desquiciado Trump, en Estados Unidos, con los descerebrados radicales republicanos. “No importa que sea un corrupto, un farsante, un mentiroso, un estafador comprobado legalmente, contra su propio pueblo. Él es nuestro Jesucristo, porque necesitamos creer en algo, y en alguien, que interprete nuestro fracaso, al no poder ser la maravilla única que rige a la humanidad”. “¡Él es nuestro polvo!”.

También están los famosos “polvos de la condesa de Chinchón”, que son el nombre histórico de la corteza pulverizada del árbol de la quina, y que, en el siglo XVII, se usaron para curar la malaria de doña Francisca Enríquez de Rivera, esposa del virrey del Perú, y cuarto conde de Chinchón. Francisca es célebre en la historia colonial por haberse curado con los polvos de la quina, introduciendo este remedio en Europa.

Y después están los polvos mágicos. Por ejemplo, el “El Polvo de hadas”: Tradición de los cuentos de hadas y de la factoría de Disney, usado para volar o invocar la magia de la ilusión. O los Polvos “Flu”: que desde el universo de Harry Potter, son unos polvos inventados en el siglo XII que permiten viajar de una chimenea a otra a través de la Red Flu. En fin, queda claro entonces, que “echar un polvo” puede tener múltiples concepciones. Y también, que como dice el dicho popular, “aquellos polvos trajeron estos lodos”.

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